Médor: Del clóset sexual al clóset social: la fabricación social y cultural del individuo


En 2001, poco antes de fallecer, Pierre Bourdieu entregó a su editor alemán la primera versión de su Esquisse pour une socioanalyse. En ese libro, el sociólogo quiso ofrecer algunas claves que ayudaran al lector a entender el sentido de su empresa sociológica. Como el título original lo indica, se trata solo de un bosquejo. La autocensura, el pudor o la reserva del científico retuvieron a Bourdieu de entregar todo el detalle de la fabricación de él mismo como individuo y sociólogo de primera línea. Didier Eribon, amigo cercano de Bourdieu por muchos años, quedó insatisfecho con dicho autoanálisis y la calculada mesura del sociólogo para evitar decir más de la cuenta de su trayectoria social, escolar e intelectual. Bourdieu tenía el temor de dar a sus numerosos enemigos argumentos para reducir su obra científica a las vicisitudes de su biografía.

Menos de una década después, Eribon, que por diversas razones es menos propenso a las reservas del científico, publicó su propio autoanálisis en el que se esfuerza por develar al lector las claves de su proceso de subjetivación en rechazo de su origen social y en ruptura con la sexualidad normativa.

En cinco capítulos y un epílogo, el autor nos entrega los momentos decisivos de la constitución trabajosa de sí mismo como gay y como intelectual tránsfuga de clase. En los primeros tres capítulo la cuestión es su familia y el medio social obrero de su infancia y adolescencia. En los últimos dos describe y analiza su trayectoria escolar y profesional hasta convertirse en un intelectual mundialmente conocido, y da cuenta de las fuertes tensiones que tuvo que afrontar por su condición de homosexual en un entorno social profundamente homófobo y su origen pobre en un ambiente escolar y universitario dominado por “herederos”.

Sus padres eran obreros que trabajaron en condiciones extenuantes en alguna fábrica de Reims para mantener a sus cuatro hijos. Sobre el trabajo de su madre escribe: “En esa fábrica, el ritmo de trabajo era apenas imaginable, como en cualquier otra fábrica, por cierto: un día, un supervisor había cronometrado a una obrera durante algunos minutos y eso había determinado el número mínimo de frascos que había que ‘hacer’ por hora. Era disparatado, casi inhumano […] A la noche, llegaba a la casa rendida, ‘hecha polvo’, como decía, pero contenta de haber ganado durante el día lo suficiente para permitirnos vivir decentemente” (p. 85). Su madre tenía que deslomarse para que él pudiera hacer/ser lo que ella quiso para ella pero nunca llegó a hacer/ser: estudiar y convertirse en profesional.

Eribon entremezcla la descripción de su familia de origen con la de la clase obrera francesa de los años cincuenta y sesenta en Francia. En aquellos años, ser obrero y ser comunista eran la misma cosa. Mas el comunismo de muchos de esos obreros, al menos el de sus padres, obedecía más a su posición en la división social del trabajo o a su grupo de pertenencia que a la adhesión a todos los principios y valores del partido comunista francés. Había divergencias entre los principios doctrinales del partido y las prácticas y creencias de la base. Así se explica, por ejemplo, la xenofobia y el racismo de los padres de Eribon y de muchos de sus amigos obreros. Asimismo, su padre compartía el sexismo y la homofobia recalcitrante que caracterizaba al movimiento obrero francés de aquellas décadas.

La ocasión para entregarse a esas reflexiones de corte autobiográfico se la ofreció el fallecimiento de su padre, a cuyas exequias no asistió, y las visitas que rindió a su madre en los meses posteriores a los funerales. Se apoya en sus propios recuerdos y en las conversaciones con su madre para armar este libro que encierra tanto una crítica política a las derivas derechizantes de la izquierda francesa en las últimas tres décadas y su distanciamiento de las reivindicaciones populares como un análisis sociológico de la constitución social de una identidad sexual por la injuria de un sujeto intelectual por la vergüenza y la negación de los orígenes sociales (este es el sentido del título de esta reseña).

I

Eribon afirma sin ambages que odiaba a su padre, por eso nunca quiso visitarlo durante los años que pasó internado en un asilo como enfermo de alzheimer y tampoco fue a sus exequias. ¿Por qué ese odio? Odió a su padre porque vio en él la absoluta negación de lo que él quería ser o la realización perfecta de lo que no quería ni podía ser. El adolescente y joven Eribon rechazaba en su familia unos valores sociales contra los cuales y a pesar de los cuales habría de construirse: la pobreza, el racismo, la homofobia, el machismo, etcétera, a cuyas expresiones estaba sometido todos los días. Al recordar una escena dolorosa de su infancia en la que su padre volvió borracho, y lanzó contra su madre todas las botellas que encontró, escribe:

Esto instaló en mi interior una voluntad paciente y obstinada de contradecir el porvenir que estaba prometido y, al mismo tiempo, la huella de mi origen social, grabada para siempre en mi mente, una suerte de “recuerda de dónde vienes” que ninguna transformación ulterior de mi ser, ningún aprendizaje cultural, ninguna cáscara, ningún subterfugio logró borrar (p. 97).

Su empeño por escapar del destino social que conocieron sus padres y habrían de conocer sus hermanos fue tanto más fuerte cuanto mayor fue su sentimiento de extrañeza en este mundo que paradójicamente le era familiar. Su homosexualidad y su encuentro maravillado con la literatura y la filosofía le dieron la determinación suficiente para escapar, burlar un poco la marca de veredicto que entraña haber nacido en un entorno social y una preferencia sexual como los suyos. En esto, descubre el autor mucha cercanía entre su trayectoria y la del escritor afroamericano Paul Wideman, quien pese a ser negro, pobre y homosexual llegó a convertirse en un connotado escritor, y que a la postre sintió por sus orígenes social y familiar una vergüenza y una repulsión similar a la de Eribon por los propios. Ambos llegaron a convertirse en “milagros sociales”, en dos casos de éxito improbable:

[…] me veía y pensaba como un “milagro” del sistema escolar, es decir que me di cuenta muy rápidamente de que los destinos de mis tres hermanos no eran o no serían idénticos o análogos al mío, en el sentido de que los efectos del veredicto social dictado en contra nuestra antes de nuestro nacimiento los golpearon con una violencia mucho mayor que a mí.

II

Los pasajes más incisivos y llamativos de este libro son quizá aquellos en los que analiza el poder constituyente de la injuria o del insulto. Ya en dos de sus más importantes libros anteriores había ofrecido algunas reflexiones sobre el papel del insulto o de la injuria (así como de la vergüenza) en la constitución de la identidad de los homosexuales. En el libro aquí reseñado retoma dicho tema y analiza su constante presencia en la fabricación de su propia subjetividad como gay en un entorno descaradamente homófobo:

No puedo dejar de pensar en que la distancia que se estableció […] con mi entorno social y la autocreación de mí mismo como “intelectual” constituyeron la manera que inventé para poder hacer frente a lo que me estaba convirtiendo y en lo que sólo podía convertirme inventándome diferente a aquellos de quienes difería (p. 205).

Esa invención fue tortuosa porque implicó integrarse en un mundo que no concordaba con las disposiciones adquiridas en su medio social de origen. Su primera socialización en un medio popular no correspondía con las exigencias sociales y culturales del medio más bien burgués de las instituciones educativas. No era un “heredero”. De ahí su rechazo a la disciplina escolar y su burla de la cultura legítima; las mismas que al final habría que incorporar a fin de convertirse en alguien diferente a su padre y sus hermanos.

La identidad gay se construye mediante la injuria o el insulto. Muy pronto, durante la infancia y la adolescencia, se dio cuenta de que estaba rodeado del insulto hacia los homosexuales; primero, de boca de su padre y, después, de la de sus compañeros de escuela:

De hecho, toda la cultura que me rodeaba me gritaba “puto”, cuando no era “marica”, “mariposón”, “loca” y otros vocablos repugnantes cuya simple evocación reaviva en mí el recuerdo, siempre presente, del miedo que me inspiraban, la herida que me infligían, el sentimiento de vergüenza que grabaron en mi espíritu. Soy un producto de la injuria. Un hijo de la vergüenza (p. 206).

Como a veces ocurre en estas situaciones, él mismo empezó a participar en los insultos homófobos colectivos contra algún compañero afeminado. Reconoce que al participar en esas acciones de acoso masivo contra algún compañero tenía cierta conciencia de que se autoinjuriaba pero, a la vez, le servía para dar la impresión a los demás de que era parte de los “normales” (los heterosexuales) y para autoengañarse de que era inmune a los insultos. A este respecto, vale la pena citarlo in extenso:

Así, antes de descubrir que estaban hablando de mí, el insulto me era familiar. Yo mismo lo usé más de una vez y, para ser franco continué diciéndoselo a otros, cuando tenía catorce o quince años, aun después de haber entendido que se refería a mí, con el fin de desviarlo de mí, de protegerme de él; con dos o tres chicos de mi clase, nos burlábamos de un chico del liceo que nos parecía afeminado y al que tratábamos de “marica”. Al insultarlo, indirectamente me estaba insultando a mí mismo y lo más triste es que confusamente lo sabía. Pero me empujaba el irresistible deseo de afirmar mi pertenencia al mundo de los “normales”, evitar el riesgo de que me excluyeran de él. Probablemente también era una manera de mentirme a mí mismo tanto como a los demás: un exorcismo (p. 205).

También era consciente de que le sería imposible escapar siempre del fuego de los insultos homófobos porque el espacio social en que tenía que hacer su vida estaba demasiado impregnado por el rechazo violento hacia las personas de su condición: “Me convertí con rapidez en el destinatario directo del insulto, pues, me lo decían a mí personalmente. Me rodeó. Y aún más: me definió” (p. 205). Más adelante insiste en que para el homosexual, “el ser-en-el-mundo se actualiza en un ser-insultado, es decir, inferiorizado por la mirada social y la palabra social” (p. 210).

La exigencia de definirse por el insulto, el rechazo o la injuria crea una condición que comparten diversas categorías de población: gays, lesbianas, transexuales, judíos, negros, etcétera. A la pregunta de por qué estos grupos humanos “están condenados a ser el blanco del odio de los demás” o “deben cargar el peso de estas maldiciones sociales y culturales”, Eribon encuentra la respuesta en “la arbitrariedad de los veredictos sociales y culturales, su absurdo” (p. 227). Una de las grandes virtudes del análisis de Eribon es que no reduce la dominación social al solo registro de la pertenencia de clase, sino que la extiende al dominio de la sexualidad, del género, de la raza, etcétera. Él mismo sufrió los efectos de la dominación en sus marcas sexuales y de clase. De ahí, en parte, su furor contra los analistas que evitan hablar de explotación o dominación social o la reducen a una sola dimensión. Por eso convoca a autores como Bourdieu, Foucault, Genet, Wideman y Ernaux, con quienes comparte diversas actitudes hacia el mundo social y la institución escolar y no pocos rasgos biográficos.

III

Para Bourdieu, la obra de Foucault debe mucho de su radicalidad y originalidad al drama existencial que implicó para él su homosexualidad durante sus años de formación. Según el sociólogo, Foucault supo convertir su desasosiego frente a las estructuras o tecnologías de sujeción corporal y mental de los individuos en libido scendi, en pasión sin tregua por “pensar el enfrentamiento del sujeto con el poder de la norma” y por “reflexionar acerca de las maneras de reinventar la propia existencia” (p. 228), y no en rebeldía ciega y estéril. Mutatis mutandi, se podría decir lo mismo de Eribon. Él mismo reconoce que su homosexualidad influyó en su puesta a distancia de su mundo social y su “exilio” a París, la gran ciudad donde, con relativa libertad, podía vivir su sexualidad y reinventarse social, cultural e intelectualmente como individuo.

El libro de Eribon puede leerse como un ejercicio de ascesis sociológica personal y de indignación política en contra de la izquierda francesa y su deriva derechizante y contraria a las realidades de las personas, en contra de los intelectuales y analistas miopes o cómplices de las estructuras de dominación y explotación social (su crítica a Raymond Aron es virulenta), contra la aún homófoba sociedad francesa o amplios sectores de esta.

Este libro es una valiente e inquietante muestra de honestidad intelectual, cuya lectura puede llevar al lector no “heredero” a identificarse con diversas reflexiones o algunas vivencias del autor, y lo puede convocar a tener su propia ascesis sociológica. Es el autodesvelamiento de la exitosa trayectoria académica e intelectual de un “milagro social” fabricado gracias a la tenacidad y, paradójicamente, a la vergüenza y la injuria. Su caso es excepcional, improbable. Por eso sería ilegítimo cualquier uso de su trayectoria escolar y social peculiar para negar la implacabilidad de los mecanismos de reproducción social y refutar las teorías sociológicas que hacen énfasis en el peso de dichas estructuras. Insiste en que la sociedad es un tejido de determinismos, y, con Wideman, conmina a la lucidez sociológica sobre su realidad y la de otros: “el hecho irrefutable de que algunos -varios, probablemente- se apartan de las ‘estadísticas’ y logran burlar la terrible lógica de los ‘números’ de ninguna manera anula, como quisiera hacerlo creer la ideología del mérito ‘personal’, la verdad sociológica que estas revelan” (p. 120).



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