Rocha Valverde: Territorios, seguridad y soberanía alimentaria. Retos para el futuro


Uno piensa, siente y se comporta, de principio a fin, sustentado en la tierra.

Anita Brenner, Ídolos tras los altares.1

Esta obra titulada, de manera sugerente, Territorios, seguridad y soberanía alimentaria. Retos para el futuro, está dedicada a la memoria del padre José Barón Larios, en reconocimiento a su trabajo comprometido y amoroso con los indígenas de la Huasteca hidalguense. Fue un religioso apegado a la teología de la liberación y, por lo tanto, activista a favor de los derechos de los más desprotegidos de esa región.

Este libro es una compilación de estudios de distintos autores que, de alguna manera, “ponen el dedo en la llaga” al colocarnos frente a los rezagos históricos que la sociedad y el Estado han tenido (y tienen) en distintas regiones indígenas y campesinas del país y de América Latina, que, en el caso de México, se refieren a las Huastecas de San Luis Potosí, Veracruz e Hidalgo, a la Sierra Norte de Puebla, al Totonacapan y a otros enclaves habitados por campesinos negros, como es un caso de estudio en Colombia.

En su inicio plantea una reflexión sobre la importancia del altepetl, concepto fundacional para el imaginario indígena prehispánico que simbolizaba el centro del poder geopolítico, tradición que se mantuvo una vez consumada la Conquista al representársele en la cartografía colonial. Del náhuatl, altepetl, quiere decir ‘cerro del agua’, por lo que resulta obvio que en torno a la presencia de este elemento se fundaran los pueblos al pie de algunos montes considerados lugares de donde provenían los bastimentos. En su historia hay diversas referencias a manantiales y ojos de agua que emanaban del mismo altepetl que simbolizaban el origen del agua preciosa existente en la vasta geografía simbólica del imaginario de los antiguos mexicanos.

Como lo muestran los estudios de los autores en los textos interiores, la idea del altepetl permearía en las nuevas configuraciones territoriales coloniales en cuanto a la apropiación y ocupación, además en el modo en que los pueblos de indios contaron con recursos propios y conservaron formas de organización apegadas a su pasado measoamericano, quizá como la consecuencia de quedar asentados en las partes más escarpadas del territorio.

Este recuento lleva a los autores a la problematización de la tenencia de la tierra en la segunda mitad del siglo XIX en las Huastecas indígenas de San Luis Potosí, Hidalgo y Veracruz, con el surgimiento de los condueñazgos (una propiedad dividida en lotes que pertenecía a varios dueños) y las sociedades agrarias, que fueron una suerte de resistencia frente a la desamortización de bienes de manos muertas (1856). En este estudio se plantea que los habitantes de los condueñazgos lograron hacerse de elementos jurídicos para evitar la apropiación de sus recursos naturales y garantizar la protección de los bienes comunales, no obstante las tensiones internas y las jerarquías de los grupos al interior de estos.

En esta publicación encontramos aportaciones importantes sobre el concepto de comunidad indígena relacionado con los conceptos de asentamiento y localidad, entre otros. Además, se analizan distintas denominaciones en cuanto a la tenencia de la tierra en el centro y norte de la Huasteca potosina, articuladas a partir de la organización política y sociocultural de sus habitantes, y cómo se verificó un incremento de comunidades indígenas a partir del siglo XX.

Otro tema relevante en esta obra es la existencia de mecanismos y movimientos de resistencia que surgieron para conservar y conseguir tierras, tomando en cuenta aspectos de la historia y de la cosmovisión indígenas, hasta la promulgación de una ley sobre derechos y cultura indígena en el año 2003.

Vemos aquí documentada la solicitud infructuosa que hicieron los indígenas para la restitución de las tierras despojadas por las haciendas durante el porfiriato y que, por falta de títulos que acreditaran la posesión, supuso la dotación de tierra en forma de ejidos por parte del Estado, sobre lo cual presentan varios ejemplos en mapas de la Huasteca potosina que dan cuenta de la organización actual del espacio geográfico.

Al tiempo que estas investigaciones problematizan las distintas formas de tenencia y estructura de la tierra, ponen en la mesa de debate el impacto de las políticas neoliberales a partir del reparto agrario, de lo que derivó la implementación de programas de explotación de los recursos naturales de estas regiones. Ello condujo al despojo del “terruño” -si se entiende como la porción de tierra sobre la que se teje la identidad-, afectado seriamente también por otros elementos como la presencia de grupos paramilitares, las guerrillas y el crimen organizado, la sobreexplotación de los recursos y de la mano de obra indígena-campesina, del reclutamiento forzoso o, en su caso, voluntario. Todo esto ante el abandono del Estado.

Debaten en torno a la propiedad comunal afectada por el aparato jurídico institucionalizado. Plantean, asimismo, algunos ejemplos de resistencia y organización frente a la expoliación, expresados en los principales ideales zapatistas sobre el reparto agrario en el periodo contemporáneo, considerado uno de los aspectos medulares del constitucionalismo en el siglo XX durante el cardenismo (1934-1940).

Por otro lado, los autores analizan la puesta en práctica de programas de desarrollo productivo mediante el turismo alternativo, llamado también comunitario, que conduce a la reinterpretación del territorio en cuanto a quién hace usufructo de este y cómo, a partir de la venta de tierras para megaproyectos, la construcción de locales y hoteles para el turismo, sea exclusivo o masivo, cuyo resultado inmediato se refleja en una derrama económica que beneficia principalmente a mediadores de servicios y empresarios importantes relacionados con la clase gobernante.

Se analizan temas sensibles de soberanía y seguridad alimentaria mediante el impacto que empresas transnacionales ocasionan en el campo mexicano al introducir agroquímicos y semillas genéticamente modificadas, negocio de monopolios que tienen el control de la cadena productiva; un caso clarísimo de ello es el del maíz. Visto desde el universo histórico sociocultural indígena, se considera fundamental la implementación urgente de un plan de salvaguarda para la protección de semillas nativas. México es el país de mayor consumo de este grano en el mundo, además es importador de este a Estados Unidos, país a la vanguardia en la producción de semillas transgénicas.

Los cuestionamientos de estas investigaciones tienen que ver con el impacto global en comunidades indígenas y campesinas, en sus hábitos de consumo, en la huella que dejará en el medio ambiente el uso de semillas modificadas en pocas generaciones, lo que estiman que debe ser tratado como un asunto de seguridad nacional. Mencionan el monstruo expansivo de laboratorios como Monsanto y Asgrow, los efectos nocivos en la salud a corto y largo plazo, las fallidas “cruzadas contra el hambre”, las deficiencias de la ONU y las cifras de la FAO en cuanto a la sobreproducción de alimentos y su desperdicio, que calculan que será de una tercera parte de la producción mundial, además de la especulación, del encarecimiento y del desabasto de estos en las áreas rurales.

El trabajo, en conjunto, ofrece ejemplos de propuestas encaminadas a la conservación y recuperación de tradiciones indígenas y campesinas que involucran la diversidad biológica y ecológica, aspectos en los que las mujeres tienen un papel determinante. Se propone la adopción de enfoques como el de la geografía humana y el etnoterritorio, ambos ligados al derecho de los pueblos indígenas de disponer de sus recursos bioculturales enraizados en su historia de largo plazo.

Esta obra interdisciplinaria conjunta una serie de trabajos bien documentados sobre los usos y reconfiguraciones de las territorialidades; son de muy valiosa aportación para estudios posteriores que pretendan ampliar el conocimiento sobre distintas formas de resistencia y autodeterminación, así como de la privatización, la violencia y la expoliación históricas de la organización del poder en la geografía de México y América Latina. Además, nos permiten reflexionar sobre los atavismos coloniales que alimentan el comportamiento racista hacia lo indígena y lo campesino, que aún prevalecen en la sociedad en general.

Notas

1 Distrito Federal, México: Editorial Domés, 1983, p. 116.



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