Millán: Democracia y redistribución: Adam Przeworski y la desigualdad política



Desde hace aproximadamente cuatro años circula en varios medios digitales un paper de Adam Przeworski (2015) que está destinado a constituirse en uno de losreferentes analíticos sobre los límites de la democracia para encarar el problema de la desigualdad económica, cuyo título es “Economic inequality, political inequality, and redistribution”. En él se aborda un viejo interrogante ligado al teorema del votante mediano que, a pesar de la abundante literatura, no ha recibido una respuesta del todo convincente: si este predice que la opción triunfadora en una votación será la del agente con el ingreso mediano, ¿por qué las tasas redistributivas observadas son menores a las pronosticadas por el modelo, especialmente en sociedades donde impera una notable desigualdad económica? La importancia de la falla reside en que contradice una creencia muy arraigada entre politólogos y profesionales de la economía política: las instituciones democráticas son capaces, por su propia dinámica, de mitigar la desigualdad económica. Incluso, algunos de ellos han postulado que el teorema es una propiedad esencial de la democracia, como bien apunta e ironiza el propio Przeworski.

El teorema afirma que cuando se vota una dimensión de política pública, las preferencias se ordenan de izquierda a derecha, son unimodales y, además, no registran discontinuidades, plasmadas en “saltos”, que conduzcan a preferir una opción más lejana sobre otra más próxima; invariablemente la opción triunfadora será la que abandere el votante que ocupa la posición mediana en la distribución de preferencias (Black, 1948 y 1958). Y, aún más, el afán de triunfo modificará la posición original de los partidos hasta llevarlos a converger con esa posición (Downs, 1973).

Supongamos que el tema es la política redistributiva que debe adoptar un gobierno elegido democráticamente, que esta se instrumenta mediante acciones impositivas que gravan progresivamente el ingreso y transferencias que compensan en función de las carencias sociales. Si existe concentración del ingreso en los estratos más ricos, la situación se puede representar en una distribución sesgada hacia la derecha, en la que la media es mayor a la mediana, y esta es superior a la moda. De esta forma, es razonable esperar que: a) la tasa redistributiva (r) deseada por cada agente disminuya con su ingreso, y b) la democracia electoral conduzca una política representada por la tasa que defiende el votante con el ingreso mediano (Meltzer y Richards, 1981). La gráfica 1 ilustra esta relación.

Donde y representa el ingreso; M, MO y y̅, la mediana, la moda y la media, y r, la tasa de redistribución.

El problema emerge cuando la tasa de redistribución no es la del agente mediano (rM), sino otra con un valor inferior; por ejemplo, r*. Esto es lo que ha sucedidoen la realidad, según lo han confirmado varios estudios de orientación empírica (Scervini, 2011; Milanovic, 2000). Las explicaciones son varias. El mismo Adam Prezworski se encarga de pasar revista a alguna de ellas: Roemer (2004) apela a la variedad de dimensiones, distintas de la económica, que se ponen en juego en la competencia electoral; Bénabou y Ok (2001) arguyen que las expectativas de movilidad ascendente, ya sea de las personas o de los hijos de estas, los inclinan a escoger tasas redistributivas relativamente bajas; Alesina y Angelotos (2005) contrastan la igualdad en Estados Unidos y Europa, para encontrar que en aquel país imperan valores de justicia social fincados en el esfuerzo, mientras que en el Viejo Continente es la suerte la que decide el lugar que se ocupa en la escala económica. Por tal razón, la tasa de redistribución es baja en el primer caso y alta en el segundo.1

GRÁFICA 1

CONCENTRACIÓN DEL INGRESO Y TASA REDISTRIBUTIVA

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Fuente: Elaboración propia, con base en Ritchey, 2002.

Aunque reconoce la pertinencia de estas exégesis, Adam Prezworski (2015, p. 3) señala que son argumentos de segundo orden porque no apuntan hacia la falencia medular del modelo: el supuesto irrealista sobre la igualdad política. En todas sus versiones, el teorema del votante mediano supone que en un sistema democrático no existe la desigualdad política, al menos por dos razones: la equivalencia de todos lo votos y la desvinculación entre estatus socioeconómico y la influencia electoral, que propicia el anonimato del votante. Una vez que se admite la posibilidad de que la desigualdad económica se traduzca en grados diferenciados de influencia política, el modelo se vuelve inconsistente y se abre la puerta para entender por qué yerra en sus pronósticos en torno a las capacidades niveladoras de la democracia, señaladamente, en lo que a redistribución del ingreso se refiere. Este es el paso innovador del texto de Adam Prezworski. A partir de ahí, se esgrime su tesis fundamental: 1) En sociedades económicamente desiguales, los ciudadanos son políticamente desiguales. 2) Esto provoca que la influencia política sea sensible al ingreso, de tal forma que cuando: a) esa influencia crece con el ingreso y b) las decisiones son tomadas por coaliciones con mayor influencia, suceden las siguientes cosas:

  1. El ingreso del agente decisivo es mayor que el que ostenta el ingreso mediano. Donde el agente decisivo es aquel que ocupa la posición de la mediana en otra distribución: la distribución de la influencia política.

  2. Por lo tanto, se optará por una tasa redistributiva menor a la que escogería el agente con el ingreso mediano.

  3. La tasa de redistribución desciende cuando aumenta la desigualdad, en lugar de aumentar como cabría esperar, si la sensibilidad de la influencia política al ingreso -medida por la elasticidad de ingreso del peso político- es suficientemente alta.

3) El mecanismo que activa esta relación entre desigualdad económica, desigualdad política y redistribución es, fundamentalmente, la competencia de los grupos por influencia política (Aunque el nivel de participación -en especial la participación electoral- también tiene un papel relevante).

De esta forma, la tesis encierra una cadena causal en la que la desigualdad económica conduce a la desigualdad política, y esta, a una menor tasa de distribución. La argumentación aborda estos eslabonamientos al revés: inicia con la vinculación entre desigualdad política y redistribución y termina con las ligas entre las desigualdades económica y política.

Este artículo emite un conjunto de observaciones críticas que se organizan en mismo orden expositivo de Adam Prezworski, al amparo de una estructura común: a) exponer la conclusión central; b) revisar sintéticamente los argumentos metodológicos, y c) aventurar algunos reparos donde se detectan debilidades, insuficiencias o áreas para ampliar la reflexión.

El vínculo entre desigualdad política y tasa de redistribución

Con relación al vínculo entre desigualdad política y tasa distributiva, las conclusiones centrales del autor son dos: a) cuando existe desigualdad política, el agente que decide la tasa distributiva tiene un ingreso mayor que el del agente con el ingreso mediano y, por lo tanto, escogerá un tasa inferior a la deseada por este último, y b) cuando la respuesta de la influencia política al ingreso (la elasticidad) rebasa ciertos umbrales, la tasa del agente decisivo2 declina a medida que aumenta la desigualdad económica, en lugar de volverse mayor, como cabría esperar de los pronósticos derivados del teorema del votante mediano.

Primera conclusión: a) el ingreso del agente decisivo es mayor que el del mediano

Para llegar a esta conclusión, la primera tarea es separar al agente decisivo de aquel que ocupa la posición mediana en una distribución del ingreso determinada (en adelante, agente mediano). Adam Prezworski la cumple cabalmente al construir con suficiente rigor una curva de Lorenz particular que relaciona dos tipos de funciones de densidad: la tradicional del ingreso y otra, más novedosa, que da cuenta de la influencia política. De esta forma, es fácil demostrar que solo cuando existe igualdad política, entendida como una estructura en la que todos tienen el mismo peso político, ambos agentes (el decisivo y el mediano) son uno y lo mismo. Sobre esta coincidencia reposan las explicaciones que respaldan o atacan el modelo del votante mediano. En cambio, cuando prevalece la desigualdad política, tal identificación no solo se desvanece, sino que también el agente decisivo será más rico que el mediano. Con ligeras modificaciones, la gráfica 2 reproduce la curva de Lorenz que propone Adam Prezworski.

La variable p describe la posición de cualquier persona en la función de distribución del ingreso p=F(y), mientras L(p) hace lo propio en la distribución de la influencia política. Esta es el resultado de una función en la que el peso político, w, crece de forma monótona con el ingreso (w(y)=y η), y de otra que describe la curva de Lorenz que reporta la desigualdad política: L(Fw(w))=L(Fw(y η))=L( p). Es claro que si es constante, representa la elasticidad de ingreso de la influencia política:

1665-899X-rcsl-8-17-137-g002.pnglnw=nlnydww=ndyy;n=dwwdyy

GRÁFICA 2

POSICIÓN PERCENTIL DEL AGENTE DECISIVO COMO FUNCIÓN DE LA DESIGUALDAD DE LA INFLUENCIA POLÍTICA, DADA LA DISTRIBUCIÓN DEL INGRESO

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Fuente: Preworski, 2015: 5; el original no incluye las ordenadas ni la elasticidad η

Así la considera Adam Prezworski. El requisito de que el peso político sea una función creciente se traduce en que la elasticidad, que mide la sensibilidad porcentual de la influencia política al ingreso, sea no negativa. Cuando es igual a cero, el peso político es constante e igual a la unidad (w=yº=1), lo que conduce a interpretar este valor como la igualdad política perfecta, en virtud de que, con independencia del ingreso, tal influencia es equivalente para todos los ciudadanos. Esto es precisamente lo que representa la recta de la equidad (45º). Como se puede apreciar, solo en este caso el agente mediano coincide con el decisivo: aunque ambos ocupan invariablemente la posición que divide en dos partes iguales las distribuciones respectivas (0.5), solo en condiciones políticamente igualitarias las coordenadas que las vinculan son equidistantes. En este sentido, no es casual que Adam Prezworski haya identificado en este supuesto la falla principal del modelo. Quienes avalan sus pronósticos aceptan la identidad entre ambos actores; pero también lo hacen aquellos que buscan causalidades alternas para su fracaso.

¿Qué sucede cuando la democracia opera en un contexto de desigualdad política? En primer lugar, la influencia política es sensible al ingreso y, por ello, la elasticidad es positiva. Esto se refleja en una curva de Lorenz similar a F1>0). En segundo lugar, el agente mediano -0.5 en p- ya no es el agente decisivo (0.5 en L(p)). En tercero, este registra una posición más alta y, por ello, un ingreso mayor que las que ocupa aquel. Y, por último, con una misma distribución del ingreso, la distancia entre los ingresos aumenta a medida que crece la sensibilidad de la influencia política a la renta personal, como se aprecia cuando se transita de F1>0) a F2>0). De conformidad con la gráfica 1, el corolario es que el agente decisivo seleccionará e impondrá una tasa redistributiva inferior a la del agente mediano. De esta forma, Prezworski ha cumplido la tarea de romper la identidad entre ambos actores y, al mismo tiempo, ha encontrado quién abanderó la tasa triunfadora r* que dibuja aquella figura. Si D representa al agente decisivo, entonces r*=r D.

Falta justificar por qué el agente decisivo es precisamente decisivo. La respuesta se encuentra en el papel estratégico que este tiene en las coaliciones electorales con aspiraciones mayoritarias y en el carácter monotónico de la función de peso político. Adam Prezworski propone este ejercicio simple, pero esclarecedor (Przeworski, 2015, p. 4): supongamos que la distribución del ingreso se refleja en otra cuyos pesos políticos son: w=[1, 2, 3, 4 y 5]. Es fácil ver que las coaliciones mayoritarias posibles son: [1, 2, 3, 4] y [4 y 5]. En este caso, el agente decisivo es el que registra un ingreso que arroja un peso político equivalente a 4. Su inclusión en una de las dos coaliciones le suministra ese carácter estratégico en virtud de que le permite inclinar hacia un lado u otro la balanza entre ganadores y perdedores. Por lo tanto, es este carácter el que le lleva a ocupar la posición mediana en la distribución de la influencia política: no es decisivo porque ocupa tal lugar; lo ocupa porque es decisivo, precisamente.

Sin embargo, el resultado depende, de manera crucial, de la monotonocidad de la función del peso político. Es este atributo el que restringe la membresía de las coaliciones a actores que registran ingresos -y, por lo tanto, pesos políticos- contiguos, es decir, adyacentes. De manera similar al teorema del votante medio, no son posibles los “saltos” entre ingresos y pesos sin la vecindad más próxima.

La primera pregunta que me asalta es ¿cuán plausible es este supuesto de monotonocidad? A mi juicio, es tan irrealista como el que prescribe la igualdad política. Una función monótona creciente implica que la influencia política aumenta -o permanece en algún tramo- a medida que es mayor el ingreso; pero nunca decrece con esta variable en expansión. Por razones de espacio, pongo un solo ejemplo, entre muchos: Germán Larrea, del Grupo México, y Emilio Azcárraga, de Televisa. Según la información disponible, Larrea es sustancialmente más rico que Azcárraga; sin embargo, la influencia del dueño de Televisa es notoriamente mayor (basta una somera revisión hemerográfica para contrastar las sanciones que ambas empresas recibieron por violaciones legales -derrames tóxicos en el río Sonora, en el primer caso, y por el papel preponderante en el mercado de telecomunicaciones, en el segundo caso- para confirmar la disparidad entre las ponderaciones políticas de ambos). Si ordenáramos los ingresos de manera ascendente para gestar la variable independiente que utiliza Adam Prezworski, tendríamos que cuando pasamos de Azcárraga a Larrea, la función decrece y, por lo tanto, se viola el supuesto de monotonocidad.

¿Cuál es la consecuencia de que la función no sea monótona? Que desaparezca la figura de agente decisivo. Con el mismo ejemplo citado, existen simultáneamente varias coaliciones posibles y, con ello, varios agentes estratégicos. Podemos tener (1, 2, 5) y (3 y 4). Si el agente con peso 2 pasa a la segunda para conformar (2, 3, 4) y la primera queda con (1, 5), aquella se vuelve la ganadora. Pero también sucede lo mismo si aquel con w=1 transita a la otra: la coalición (1, 3, 4) vencería al bloque (2, 5). Entonces, ¿cuál es el agente decisivo, w=1, w=2 o w=4? Ninguno.

Pero hay algo más, ¿qué sucede si, por alguna circunstancia, el agente que decide la mayoría registra un peso político equivalente a 1, que es el que tiene el ingreso más bajo?, ¿cuál sería su tasa de distribución? Sin duda, una mayor a la del ingreso mediano. Con ello, la primera conclusión del vínculo entre desigualdad política y redistribución se viene abajo.

Sin embargo, el argumento de Adam Prezworski es salvable, aunque de forma parcial, aun si no existe el agente decisivo. La clave está en cambiar de óptica: en lugar de ver la curva de Lorenz desde el eje de las ordenadas (la influencia política), se puede ver desde las abscisas. Esto es lo que trata de ilustrar la gráfica 3.

Lo que tendríamos es que, a medida que aumenta la desigualdad política (la elasticidad), lo que disminuye es la influencia del agente con el ingreso mediano, porque su posición desciende en la distribución del poder político. Por lo tanto,pierde capacidad de imponer la tasa distributiva que ostentaría bajo un mecanismo igualitario. El hecho es importante para el funcionamiento de la democracia porque entraña que el ciudadano representativo ejerce cada vez menos influencia en las decisiones gubernamentales a medida que crece la desigualdad política y, por ello mismo, las instituciones democráticas se vuelven cada vez menos representativas. Esto es así tanto si escogemos como ciudadano representativo al agente mediano como si escogemos a aquel que ocupa la moda en la distribución del ingreso: en cualquier distribución sesgada hacia la derecha, esta es invariablemente inferior a la mediana. Por lo tanto, el abatimiento del peso del agente que la enarbola arrastra consigo al personaje cuyo ingreso es más común en toda la sociedad. Las decisiones gubernamentales en el rubro económico dejan de responder a la mayoría -relativa, en caso de la moda, y absoluta, en el caso de la mediana-, incluso en sistemas democráticos.

GRÁFICA 3

DESIGUALDAD POLÍTICA Y PÉRDIDA DE INFLUENCIA DEL AGENTE MEDIANO

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Fuente: Elaboración propua con base en la gráfica 2.

Pero el salvamento es parcial. El argumento anterior afirma que el agente mediano pierde capacidad para decidir la tasa distributiva porque su influencia se debilita con la desigualdad política. En este sentido, se alinea con el que ofrece

Adam Prezworski. Pero deja indeterminada la tasa distributiva o, más precisamente, la identificación del agente que la impone, si es que existe alguno. Lo único que se puede afirmar es que no es completamente seguro que sea el agente mediano. En ello estriba el enflaquecimiento del teorema. Pero para tal propósito no es necesaria la existencia de un agente decisivo, que es el error más conspicuo de Adam Prezworski. Si se renuncia a esta categoría, todavía es sostenible que la desigualdad política obstaculiza que el agente mediano determine la tasa distributiva.

Además, la gráfica 3 demuestra que el agente decisivo -de existir-, que se beneficia de un grado de desigualdad política, puede convertirse en un combatiente de esta cuando la misma desigualdad amenaza agudizarse. Este caso lo ilustra el paso de F1>0) a F2>0). El agente decisivo de la primera función verá disminuir su influencia si la desigualdad política aumenta hasta alcanzar la segunda. Ello acarrea varias consecuencias. En primer lugar, ese personaje defenderá la inequidad representada por F1>0), pero se opondrá firmemente a que avance a F2>0). Dado su carácter estratégico en la coalición ganadora, impedirá un grado mayor de desigualdad política. Esta, entonces, tenderá a estabilizarse. En segundo término, el modelo de Adam Prezworski se vuelve inconsistente, aun cuando exista un agente decisivo.

Otra forma de observar las dos distribuciones consiste en reparar que cada una representa a dos agentes decisivos distintos: D1 y D2. Bajo esta óptica, es el grado de desigualdad política (la elasticidad) la que determina quién es el agente decisivo. Sin embargo, en la perspectiva de Adam Prezworski, es el carácter estratégico de tal agente en las coaliciones la que determina este atributo: ocupa la mediana de la distribución de la influencia política porque es agente decisivo, y es decisivo porque registra la capacidad de inclinar la balanza del triunfo hacia un lado u otro. Por lo tanto, el modelo deviene ambiguo porque no logra precisar qué determina la ubicación en aquella posición mediana: si la elasticidad (la desigualdad política) o el carácter estratégico del agente.

Segunda conclusión: b) el agente decisivo selecciona una tasa de distribución menor a la del agente mediano

Suponiendo -sin conceder- que existe un agente decisivo y que este goza de un ingreso mayor al del agente mediano, en presencia de desigualdad política, la siguiente empresa de Prezworski es demostrar que la tasa redistributiva del primero será inferior a la del segundo. La estrategia de Adam Prezworski consiste en encontrar la tasa que maximiza el ingreso neto posfisco para un individuo cualquiera y después sustituirlo con el agente mediano y el agente decisivo. El ejercicio de optimización es:

1665-899X-rcsl-8-17-137-g005.pngarg max {1-ryi+r1-λy̅}

Donde yi es el ingreso del i-ésimo individuo; r, la tasa de redistribución; y̅, el ingreso medio, y λ la “pérdida de eficiencia de peso muerto” (deadweight loss). La expresión advierte que ante una política redistributiva determinada, los sujetos maximizarán el ingreso posfisco, que es el que resulta de sustraer y adicionar al ingreso de mercado lo que el Estado les quita por impuestos y lo que les regresa por transferencias, con fines redistributivos en ambos casos.

Existen tres soluciones: dos en los extremos (r=0, si el ingreso es mayor al promedio, y r=1, si la diferencia porcentual entre ambos rebasa el doble del “peso muerto”), y una interior, que se mueve entre ellos:

1665-899X-rcsl-8-17-137-g006.pngri=12λy̅-y1y̅

Es en esta última en la que Adam Prezworski centra el análisis, porque la condición para que la tasa seleccionada sea positiva es que el ingreso individual sea inferior al ingreso medio. Y esto vale tanto para el agente mediano (M) como para el decisivo (D). Se garantiza así que ambos ostenten un ingreso menor que el promedio de la distribución. De esta forma, Adam Prezworski se asegura de que esta exhiba algún grado de desigualdad económica. La primera parte de la conclusión, expuesta en la sección anterior, confirma, entonces, el siguiente ordenamiento:yM<yD<y̅. Enfoquémonos, por lo tanto, en la solución intermedia. En términos generales (para cualquier individuo), r varía directamente con la desigualdad económica, aproximada por la diferencia porcentual entre la media y el ingreso personal (y̅-yiy̅), e inversamente con la pérdida de eficiencia de peso muerto, λ (en adelante “peso muerto”). Al sustituir a ese personaje indiferenciado por los actores en juego, seregistran dos tasas alterativas: una para el mediano rM=12λy̅-yMy̅ , y otra para el decisivo, rD=12λy̅-yDy̅ . Según Prezworski (2015, p.6), la primera conduce al mecanismo igualitario (igualdad política); la segunda, al desigualitario. Si yM<yD<y̅, la distancia del decisivo será menor que la del mediano (y̅-yDy̅<y̅-yMy̅); por lo tanto, r D<r M. Es decir, la tasa redistributiva seleccionada por el primero se ubicará por debajo del segundo.

Sobre este resultado ofrezco dos observaciones. La primera tiene que ver con las diferencias porcentuales entre ingresos medios y particulares, mientras la segunda se refiere al “peso muerto”. Al amparo del supuesto de monotonocidad de la función de influencia política, Adam Prezworski ha alcanzado un gran logro que desvanece el misterio del teorema del votante mediano: cuando una democracia opera bajo el mecanismo igualitario (η=0), el agente decisivo es aquel con el ingreso mediano, de tal forma que r D=r M. De este modo, mientras mayor sea la desigualdad económica, mayor será la tasa redistributiva. La posibilidad de que no sea así se abre solamente en un contexto de desigualdad política (η>0) (de ello nos ocuparemos en la siguiente sección).

Sin embargo, tal posibilidad descansa en que existe efectivamente un agente decisivo, propiciado por la monotonocidad de la función. Sin tal atributo no es factible determinar si el ingreso del que determina la tasa es superior o inferior a la del agente mediano. Es decir, no existe la seguridad de que opere el ordenamiento y M<y Dy, por lo tanto, que r D<r M, como se demostró en la sección anterior. Sinagente decisivo, la pérdida de la influencia política del agente mediano conduce a que disminuya la probabilidad de que imponga la tasa que a él conviene, pero de ninguna manera a que quien la captura registre un ingreso superior.

La pérdida de eficiencia de peso muerto, por su parte, incluye no solo los gastos administrativos asociados a la operación de los programas recaudatorios y de los orientados a las transferencias; también incorpora dos ingredientes relevantes: la ineficiencia de la gestión gubernamental y la corrupción. Es decir, contempla toda la parte de la recaudación con propósitos redistributivos que no llega efectivamente a los beneficiarios. Adam Prezworski la olvida completamente. El olvido es pertinente si el análisis reposa en democracias modernas, con gobiernos relativamente honestos y eficientes; pero no lo es en sociedades como las nuestras, donde la ineficiencia y la corrupción -tanto la real como la percibida- ocupan un lugar privilegiado en la preocupación de los ciudadanos, aun más alto que el de la desigualdad del ingreso.

¿Qué efectos acarrea su incorporación en el análisis de la tasa distributiva? En primer lugar, aun en caso de igualdad política, la tasa variará en sentido inverso a la corrupción y a la ineficiencia gubernamentales. Si la solución de Prezworski propone que la tasa distributiva crece con la desigualdad económica bajo el mecanismo igualitario (y D=y M ;r D=r M), tal crecimiento puede ser frenado por el aumento -real o percibido- de la ineficiencia y de la corrupción, y hasta revertirlo si ambas se expanden más aceleradamente que la desigualdad económica, que -por otra parte- es más estable que aquellas variables. Tal movimiento da cuenta del típico caso en el que la ciudadanía se resiste con mayor denuedo a financiar al Estado cuando aprecia que los impuestos que le son extraídos no serán devueltos en bienes y servicios públicos, ya sea porque una parte de ellos son capturados por las redes y prácticas de corrupción políticas o porque no acicatean el interés de los funcionarios para servir apropiadamente a los contribuyentes. En las partidas presupuestales redistributivas es frecuente que una porción se utilice con fines electorales y clientelares que, una vez evidenciadas en la opinión pública, activan reticencias más robustas a tasas de redistribución altas, aun cuando la desigualdad sea también considerable.

Pero, por otro lado, tal situación también puede propiciar la pugna por una mayor tasa, impulsada por las clientelas políticas, en especial cuando estas aglutinan a numerosos agremiados para quienes la derrama clientelar representa una cantidad significativa de la dinámica económica de una región o de un segmento social determinados, ante la ausencia de fuentes productivas alternativas. En tal caso, estaremos en un escenario donde la mayor influencia política de tales clientelas y de sus líderes apuntará, no hacia una menor, sino hacia una mayor tasa distributiva. Es decir, la desigualdad política conducirá a que esta última se eleve, y no a que se reduzca. O, en algunos casos, hacia cierto empate entre ambos tipos de actores modernos que encuentran en la corrupción y la ineficiencia un pivote de legitimidad para resistir y pelear por tasas bajas de redistribución, y premodernos que apuntalan la batalla en sentido contrario. El resultado será un equilibrio estable, en el que la tasa se vuelve inmune a las desigualdades políticas y económicas. La baja recaudación -tanto con propósitos generales como redistributivos- y la desigualdad económica tenderán a tornarse un rasgo estructural del sistema.

En segundo lugar, el hecho de que la pérdida del “peso muerto” altere la tasa distributiva sin que varíe la desigualdad política, como lo demuestra la ecuación (2), implica que la relación entre ambas variables dista de ser unívoca.

Por último, la pérdida de eficiencia de peso muerto no es la misma para todos los agentes. Bajo el mecanismo desigualitario (y D>y M ;r D>r M), el agente mediano no solo recibe un trato más injusto de las autoridades que el decisivo -en virtud de su menor ingreso e influencia política-, sino también para él significa una pérdida mayor, tanto en términos absolutos como relativos. Recordemos que, de acuerdo con Adam Prezworski, λ es un porcentaje sobre la recaudación per cápita destinada a la redistribución, y que este monto es el mismo para ambos actores.

De la ecuación (1) se deduce que los ciudadanos reciben por transferencias una cantidad equivalente a r1-λy̅=ry̅-rλy̅. De esta forma, rλy̅ representa el monto de la pérdida de eficiencia por peso muerto, que a su vez equivale a:

1665-899X-rcsl-8-17-137-g007.pngλry̅=λriNyN=λRN

Donde R es la recaudación total con fines distributivos y N es la población total. Por lo tanto, RN es la recaudación per cápita. Si λM> λD,

1665-899X-rcsl-8-17-137-g008.pngλMRN>λDRN

De este modo, si el agente mediano sufre de forma más intensiva la ineficiencia y la corrupción, la pérdida es mayor que la del decisivo, no solo en términos relativos a su ingreso, sino también en cantidades absolutas. Ello lo conducirá a escoger una tasa redistributiva inferior, lo que agranda la distancia con la correspondiente al agente decisivo, sin que haya variado la desigualdad política y la económica.

Tercera conclusión: si la desigualdad política rebasa ciertos umbrales, la tasa redistributiva desciende con la desigualdad política

Bajo el mecanismo igualitario, la evolución de la tasa distributiva depende de la diferencia relativa entre el ingreso medio y el ingreso mediano. En este sentido, crece con la desigualdad económica. En esencia, este es el comportamiento que predice el modelo del votante mediano.

En cambio, bajo el mecanismo desigualitario, la variable relevante es la diferencia porcentual entre el ingreso medio y el que registra el agente decisivo. Aquí es donde entran en juego los umbrales de la desigualdad política, que conducen a la tercera conclusión en torno al vínculo entre esta disparidad y la tasa de redistribución y, por esta vía, al distanciamiento con el modelo del votante mediano. La propuesta general de Adam Prezworski es que, con independencia de la forma que asuma la distribución del ingreso, existen umbrales -dados por el valor de la elasticidad del ingreso de la influencia política- que determinan si la tasa de aquel agente crece o aumenta con la desigualdad económica. Si la distribución es una lognormal, la línea divisoria es un valor de tal elasticidad de aproximadamente 0.71; si es de Pareto, de 0.78. En ambos casos, debajo de ese umbral se abulta la tasa distributiva a medida que se concentra más el ingreso, mientras que arriba de la frontera declina con esta desigualdad.

El argumento metodológico es relativamente simple: a) si hay desigualdad política, la tasa imperante será la del agente decisivo; b) tal tasa está sujeta a dos fuerzas que operan de forma contraria: la declinación de la razón entre los ingresos mediano y medio, que la impulsa,3 y la posición del agente decisivo en la distribución del ingreso, que tiende a abatirla, y c) cuando la elasticidad es baja, el primer efecto domina sobre el segundo; cuando es alta, el dominio se invierte.

Recordemos que la tasa del agente decisivo es rD=12λy̅-yDy̅ . Si se mantiene la hipótesis de que su ingreso es superior al del mediano, de tal manera que dejamos que sea a la diferencia entre ambos (y D-y M = a), entonces:

1665-899X-rcsl-8-17-137-g009.pngrD=12λy̅-yDy̅=12λy̅-(yM+a)y̅=12λ[1-yMy̅ay̅]

De esta forma, esta tasa contiene dos componentes: la diferencia porcentual entre ingreso medio y mediano (Y̅-YMY̅=1-YMY̅) y la razón de la diferencia entre ingresos al promedio de la distribución: ay . El primer componente se comporta exactamenteigual que en el mecanismo igualitario: aumenta invariablemente con la desigualdad económica. Adam Prezworski necesita un ingrediente adicional y propio del agente decisivo que frene y, a partir de cierto umbral, revierta esta tendencia. El que propone es la posición p de este actor en la distribución del ingreso. Cuando la función es monótona y existe un agente decisivo (supuestos que campean en todo su análisis), un aumento de la desigualdad política se traduce en una posición más alta en aquella distribución. Dado el nivel del ingreso nacional, ello implica un ingreso superior (gráfica 2), que -a su vez- supone un aumento de la distancia a, y, por la misma razón, de ay4. De esta forma, se logra introducir un distintivoen este agente en relación con lo que sucede con el mediano. El logro de Adam Prezworski es demostrar que, a partir de ciertos umbrales de desigualdad política, el segundo ingrediente dominará sobre el primero. Por lo tanto, una política re-distributiva demanda niveles relativamente bajos de disparidad en la distribución de la influencia política.

Sin embargo, el argumento encara dos problemas que el autor no logra resolver adecuadamente. En primer lugar, confunde dos mecanismos de causalidad que, aunque pueden estar relacionados, son distintos. El expuesto en la gráfica 2 afirma que una mayor desigualdad política aumenta la posición (y el ingreso) del agente decisivo, dada la distribución de ingreso. Pero el que involucra la evolución de la tasa redistributiva afirma que, una vez que se rebasa una frontera de aquella desigualdad, esta descenderá con la desigualdad del ingreso. Es decir, es esta última la que operacomo variable independiente (Przeworski, 2015, p. 7), y no la que da cuenta de la influencia política. Solo así, el mecanismo igualitario (referido al aumento de la diferencia entre ingreso mediano y medio) y el desigualitario son comparables, como efectivamente Prezworski atina a plasmar al descomponer las variaciones en la razón YDY como resultado de cambios en y en p cuando se concentra más el ingreso. El error consiste en que las mutaciones en la posición (p) provienen de otro ámbito: el de la desigualdad política, y no necesariamente reflejan cambios en la distribución del ingreso. Solo si estos se traducen en una mayor inequidad política, cambiará la posición económica del agente económico y, por lo tanto, su ingreso.

El segundo problema se refiere a la alteración de la distancia entre el ingreso del agente decisivo y el mediano (a), que -sin explicitarlo- Prezworski identifica con un salto hacia adelante en la posición del primero. Ello supone que un aumento de la desigualdad económica extiende esta diferencia. Sin embargo, es posible distinguir dos medidas de desigualdad. Adam Prezworski supone deliberadamente que se mueven en la misma dirección (Przeworski, 2015, p. 6): la diferencia porcentualentre ingresos mediano y medio (Y̅-YMY̅=1-YMY̅) y el índice de Gini. Bajo la primeramedición, un aumento de la desigualdad económica supone una reducción del ingreso mediano (Y M ), en virtud de que el medio permanece inalterado. En este sentido, la variación positiva de (a) no necesita un cambio en la misma dirección del ingreso del agente decisivo, que es que afecta de modo directo su tasa redistributiva, y no la posición en el reparto del ingreso nacional.

Es claro que esta forma de medir la desigualdad es la que se relaciona explícitamente con la tasa redistributiva. Esta asume un ingreso medio (per cápita) dado. En cambio, cuando se utiliza el índice de Gini (G), como lo hace Prezworski para explicar su argumento, asumiéndolo como un equivalente proporcional de la primera media, aquel supuesto se modifica, sin que el autor repare en esta mutación. Para tal propósito, selecciona una distribución de Pareto, en la que se registran las siguientes relaciones:

1665-899X-rcsl-8-17-137-g011.pngG=12a-1

1665-899X-rcsl-8-17-137-g012.pngy̅=αα-1θ=11-1αθ

1665-899X-rcsl-8-17-137-g013.pngyM=θ21α

Donde α es un parámetro que muestra el grado de desigualdad: valores mayores indican una distribución más equitativa, mientras que otros más bajos muestran una mayor concentración del ingreso: α = 1 → G = 1 ;α = ∞ → G = 0. El parámetro θ> 0 es el ingreso mínimo.

En un escenario de mayor desigualdad económica, disminuye α, mientras la mediana y la media del ingreso aumentan. Ello implica que el ingreso per cápita se expande. Es decir, tal escenario reposa sobre un supuesto distinto al de la primera medición. La segunda consecuencia es que el ingreso mediano crece, en lugar de abatirse. Solo en este caso, el correspondiente al agente decisivo debe aumentar para propiciar el repunte de (a). Pero se requiere de dos condiciones adicionales: en primer lugar, que el aumento absoluto del ingreso del decisivo supere al registrado por el mediano; en segundo lugar, que la distancia entre ambos (a) crezca más que proporcionalmente que el ingreso mediano. Ninguna de las tres condiciones amerita la atención de Prezworski, ni encuentran en su análisis una sólida base argumentativa.

En cambio, el mecanismo igualitario que conduce a una vinculación positiva entre la desigualdad económica y la tasa redistributiva se mantiene:

1665-899X-rcsl-8-17-137-g014.pngyMy̅=θ=θ21α1-1αθ=21α1-1α;d(yMy̅)>0

De esta forma, a una mayor concentración del ingreso (dα < 0) corresponde una declinación de la razón entre ingresos medianos y medios (d(yMy̅)>0). Al cobijo de esta medición, lo único seguro es la fuerza que eleva la tasa redistributiva, sin que se pueda afirmar la existencia del impulso contrarrestante. Las conclusiones de Adam Prezworski resultan, al menos, dudosas.

Vínculo desigualdad económica-desigualdad política

El segundo, y último, vínculo que aborda Adam Prezworski es el que media entre las desigualdades económica y política; probablemente, el núcleo del texto. Los ductos que las unen son la participación política y la competencia de los grupos por influencia política. Dejo de lado la primera para concentrarme en la segunda.

Cuando los grupos compiten entre sí por influencia política que incline al gobierno hacia líneas de acción favorables a sus respectivos intereses, el resultado reflejará la disparidad de ingresos entre aquellos conglomerados. Y la política fiscal no es la excepción. Esta es la principal conclusión del vínculo entre la desigualdad económica y la política. La tesis central es que la competencia por una tasa redistributiva conveniente a cada grupo (ricos y pobres), mediante contribuciones a los políticos en campaña, aminora dicha tasa, en cualquier escenario de participación e igualdad política.

El argumento metodológico reposa en la introducción, al amparo del marco analítico creado por Grossman y Helpman (2001, cit. en Przeworski, 2015, p. 16), de tres curvas de indiferencia, diseñadas en el espacio (tasa distributiva, r; contribuciones, x). Una corresponde al gobierno, [G(-j)G(-j)], y la otras dos a los grupos competidores: los ricos [U(R)] y los pobres [U(P)]. Ese marco se reproduce en la gráfica 4.

GRÁFICA 4

MARCO ANALÍTICO GROSSMAN-HELPMAN

1665-899X-rcsl-8-17-137-gch4.jpg

Fuente: Preworski, 2015:16.

La curva de indiferencia del gobierno refleja las combinaciones de aportes contributivos y de tasas de redistribución que mantienen constante su utilidad, cuando el personal que lo conduce quiere reelegirse y, además, al menos un grupo j-ésimo(ricos o pobres) no contribuye a las campañas. Por su parte, rº es la tasa máxima que resulta de los comicios cuando solamente se considera la política fiscal. Entonces, esta curva debe pasar por el punto (rº, 0) porque el gobierno debe registrar la misma utilidad cuando no recibe contribuciones y minimiza la diferencia entre r y rº que cuando se ve beneficiado con dinero para la campaña.

Las otras dos funciones de utilidad reflejan los intentos de los ricos por abatir la tasa redistributiva, U(R), y el de los pobres, U(P), por aumentarla. La pregunta, dice Prezworski (2015, p. 15), es hacia dónde se inclinará el gobierno.

Este marco analítico solo entra en escena cuando los montos contributivos de ambos grupos difieren; de lo contrario, el juego deriva en un dilema del prisionero en el que el gobierno se queda con las aportaciones y no varía la tasa distributiva de su preferencia de un solo pico. Cuando no es así y los montos difieren, hay dos equilibrios posibles, como muestra la gráfica 4. En cada uno, la tasa marginal de sustitución (x por r) del gobierno iguala, respectivamente, la correspondiente a cada grupo: R, para los ricos; P, para los pobres. La siguiente tarea es demostrar que la tasa marginal de sustitución de los ricos será mayor que la de los pobres, y, por lo tanto, el gobierno se inclinará por una tasa redistributiva favorable a los primeros. Sabemos que la tasa marginal de sustitución es simultáneamente lapendiente de las curvas de indiferencia y la relación entre las utilidades marginales. Por lo tanto, xjr=vjrjvjxj. Adam Prezworski demuestra que las utilidades marginalesque proporcionan la tasa redistributiva y las contribuciones son las siguientes: yvjr=1-2 λy̅-yjyvjx=-1 , respectivamente.

De estas expresiones, es fácil deducir que la utilidad marginal de la tasa redistributiva es una función de la diferencia entre los ingresos medio y el de un grupo particular,y̅-yj. En la medida que esta es negativa para los ricos, en virtud de que por definición, mientras que es positiva para los pobres y̅-yR>0, la tasa de redistribución genera desutilidad para los primeros y utilidad para los segundos. En cambio, la correspondiente a las contribuciones tiene dos propiedades: a) siempre genera desutilidad, en la medida que implica un desembolso, y b) es igual a para los dos grupos: equivale siempre a un peso (o dólar). De esta forma, se demuestra que la tasa marginal de los ricos es mayor que la de sus competidores:

1665-899X-rcsl-8-17-137-g016.pngxRr=1-2λy̅-yR-1>xPr=1-2λy̅-yR-1

En virtud de que 1-2 λy̅-yR-1>0 y 1-2 λy̅-yR-1<0.

El gobierno, por su parte, seleccionará la tasa marginal de los ricos, simplemente porque es mayor que la de los pobres. Es decir, una unidad de reducción de la tasa redistributiva le aporta más contribuciones que una unidad de aumento en esta variable. Por lo tanto, la utilidad adicional que recibe al disminuirla es mayor que la que proporciona un incremento, cuando los movimientos en ambos sentidos son medidos en una unidad de variación.

Es notoria la elegancia de la solución que ofrece Adam Prezworski. Pero elegancia no siempre significa rigor. Prezworski da por bueno, sin mayor inspección, el marco analítico descrito en la gráfica 4. En primer lugar, no se toma la molestia de aclarar por qué las curvas de indiferencia involucradas adoptan la forma que registran. Una tarea como esta demanda esclarecer de qué tipo de bienes (o males) se habla. En principio, las contribuciones a la campaña son un “mal” para ambos grupos: una cantidad mayor propicia desutilidad tanto para ricos como para pobres. En cambio, la tasa redistributiva es un “mal” para los primeros y un “bien” para los segundos: un incremento de esta provoca utilidad en estos últimos. Por lo tanto, la curva de los ricos combina dos “males” y, por tal razón, es cóncava con pendiente negativa. En cambio, la de los pobres mezcla un “bien” y un “mal”; por esta causa es una recta con pendiente positiva (Varian, 2006).

Sin embargo, la curva del gobierno es más problemática: primero muestra un segmento que decrece con la tasa distributiva, hasta llegar a un nivel nulo de las contribuciones. En este segmento, la tasa es un “bien”, pero, más allá de este punto, emprende una trayectoria ascendente: se convierte en un mal. Esto sucede cuando el nivel de la tasa llega a la saciedad (Varian, 2006): un aumento en la tasa le provoca tal desutilidad que debe ser compensada con la utilidad que le proporcionan cantidades adicionales de aportes contributivos. Pero Adam Prezworski no ofrece una explicación razonable que justifique por qué el gobierno se sacia de redistribuir.

De no existir tal saciedad, la consecuencia sería que solo habría un punto de equilibrio: el de los ricos. Esto se aprecia en la gráfica 5.

En la gráfica 5 se aprecia que la única tangencia posible es la que se registra en el punto R. En él coinciden las tasas marginales de sustitución del gobierno y de los ricos. Por lo tanto, la tasa distributiva siempre sería más baja que la que demandan los pobres, pero, en este caso, simplemente no habría competencia entre ambos grupos. Entonces, el argumento de que la competencia es el principal mecanismo que aleja la tasa distributiva de la del agente mediano se debilita considerablemente. Tampoco es posible que el juego derive en un dilema del prisionero, que suministra al gobierno la autonomía suficiente para fijar la tasa de su preferencia.

GRÁFICA 5

MARCO ANALÍTICO GROSSMAN-HELPMAN, SIN SACIEDAD DE R

1665-899X-rcsl-8-17-137-gch5.jpg

Fuente: Elaboración propia con base en gráfica 4.

No obstante, el argumento no es del todo descartable: si Adam Prezworski no ofrece una justificación de la forma que describe la curva de indiferencia del gobierno, no significa que no exista. La clave se encuentra en rº. Esta representa la tasa máxima que los políticos en funciones escogerían en ausencia de contribuciones y que, adicionalmente, refleja la política fiscal que han elegido los electores. Un aumento de esta arrojaría una pérdida neta de votos en la próxima campaña, que solo es resarcible mediante contribuciones pecuniarias crecientes que financien los gastos habituales en las campañas destinados a posicionar a los candidatos. Es decir, la tasa redistributiva deviene un “mal” a partir de rº porque incrementos sucesivos restan votos; por lo mismo, provocan desutilidad.

Pero esta justificación no está exenta de matices. Uno de ellos se relaciona con la estructura social. Para el gobierno, la tasa redistributiva es un “mal” a partir de rº porque cualquier alza acarrea una pérdida neta de votos: los que agregan los pobres son más que contrarrestados por los que restan las antipatías de los ricos hacia tal movimiento. Ello supone, en primer lugar, que una vez alcanzada aquella tasa, el número de ricos es mayor que el de los pobres en presencia de una elasticidad redistributiva del voto semejante para ambos grupos.4 Pero, en este caso, la preocupación sobre la desigualdad económica deja de tener sentido, porque solo es pertinente cuando el grupo en desventaja económica es mayoría. Además, no existe razón alguna para aceptar que aquella elasticidad es igual en ambos grupos o, alternativamente, superior en los ricos. Depende de la intensidad de la pobreza; es decir, cuán pobres son los pobres. Cuando es alta, la votación de este núcleo social será muy sensible a variaciones en la tasa redistributiva. Por último, la compensación atribuible a las contribuciones para resarcir entre los ricos la pérdida de votos que acarrea el aumento en la tasa implica que este grupo respondería a la propaganda financiada con esas aportaciones en una magnitud al menos similar a la que provoca la antipatía del giro en la política fiscal. Todos estos supuestos son extremadamente débiles para sostener el esquema de la gráfica 4.

Si se persiste en él, la solución de Adam Prezworski es la vía correcta para desentrañar el misterio sobre la inclinación racional del gobierno. En esta dirección, cabe un comentario que, en el fondo, refuerza el argumento. La superioridad de la tasa marginal de sustitución de los ricos se finca en dos resultados: a) utilidad marginal negativa de la tasa redistributiva para los ricos y positiva para los pobres; es decir, la primera es inferior a la segunda, y b) igual desutilidad marginal de las contribuciones para ambos grupos, equivalente a un peso (un dólar). Este último se obtiene por la monetización de la utilidad de las contribuciones (Przeworski, 2015, p. 17) o, más precisamente, en virtud de que se identifica el ingreso neto posfisco con la utilidad que este proporciona. El ingreso es un medio para adquirir bienes que suministran tal satisfacción; no es la utilidad que propicia. Cuando se ajusta de manera adecuada y se incorpora directamente, se viene abajo el postulado que prescribe una desutilidad idéntica para ricos y pobres: un peso (un dólar) no vale lo mismo para un pobre que para un rico. Para el primero, la utilidad de esa unidad monetaria es superior, en virtud del postulado de escasez que se encuentra detrás del principio de utilidad marginal decreciente. En términos algebraicos, esto acarrea que la tasa marginal de sustitución de los pobres sea menor que la que considera Adam Prezworski; por lo tanto, se agranda la diferencia con relación a la de los ricos.

En otras palabras, aunque desde una perspectiva pecuniaria a ambos grupos les cuesta lo mismo la variación en una unidad de la tasa redistributiva, el costo es mayor para los pobres en términos de utilidad. Ello entraña que estarán menos dispuestos a contribuir en las campañas, porque el precio de reserva es superior paraellos que para los ricos. Esta dimensión parece más relevante que la que propone Adam Prezworski al enfocarse exclusivamente en el beneficio subjetivo que para ambos grupos aporta una mutación en la tasa redistributiva en el sentido deseado por cada uno.

CONCLUSIONES

La desigualdad económica se ha convertido en una preocupación central de los analistas sociales, hasta desplazar a la pobreza como foco de atención, como sucedía hasta fechas recientes. Su estudio ha invocado una cantidad considerable de investigaciones. No obstante, el examen de los vínculos que sostiene con las estructuras de poder no ha rebasado los límites que impone la intuición. El texto de Adam Prezworski que se comenta en este artículo está destinado a romper tales barreras e inaugurar un paradigma que marca los principales derroteros en los que debe proseguir la reflexión analítica y rigurosa. Al soslayar el supuesto de igualdad política, se clarifica que la democracia significa fundamentalmente anonimato, y no la extinción de disparidades en la influencia política. Además, que estas se vinculan en distintos grados con la desigualdad económica. Por otro lado, ofrece una vía segura para separarse del teorema del votante mediano y, especialmente, de las predicciones que de él derivan en torno a las capacidades niveladoras que en el terreno económico se esperaba de las democracias contemporáneas. Este camino conduce a una vigilancia especial de los niveles de desigualdad política, en virtud de que, una vez que se rebasan ciertos umbrales, las políticas fiscales redistributivas devienen en una tarea difícil, si no es que imposible. Tal vigilancia debe reposar en un cuidado especial de la injerencia del dinero en la política, particularmente en la arena electoral.

A pesar de estas virtudes, el texto de Adam Prezworski todavía presenta algunas lagunas y debilidades, que deben subsanarse para que el análisis avance con pasos más firmes. Las notas que aquí he hecho tienen el propósito de coadyuvar a esta tarea. En primer lugar, es necesario abandonar el supuesto de monotonocidad y de su principal secuela: el agente decisivo. Esta categoría no solo es incómoda, sino también es innecesaria: basta observar la desigualdad política como un proceso de pérdida de influencia del agente mediano para concluir su incapacidad para imponer una tasa redistributiva sensible a la concentración del ingreso. Si se desea proseguir con esta categoría, el examen del vínculo entre desigualdad política y redistribucióndebe fincarse en una medida única de desigualdad económica, centrada en la diferencia porcentual entre el ingreso medio y el de agentes particulares, más que en un índice de Gini asociado a una distribución de Pareto. Por último, debe revisarse en profundidad el supuesto de saciedad redistributiva del gobierno, que es el que posibilita que la competencia grupal por influencia política se constituya en el principal mecanismo de transmisión entre desigualdad económica y política.

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Notas

1 Se podrían agregar otras explicaciones como las que ofrece Shapiro (2003): a) el temor a la fuga de capitales; b) la percepción de la desigualdad se ve distorsionada porque las comparaciones se realizan entre personas próximas, que no registran altas disparidades sociales; c) los pobres desarrollan “golfos de empatía” hacia los ricos.

2 El agente decisivo es aquel que registra suficiente influencia política para imponer su tasa deseada de redistribución al resto de la sociedad.

3 La caída de la razón entre el ingreso mediano y el medio equivale a un aumento de la diferencia porcentual de ambos y, por lo tanto, a un incremento de la desigualdad económica:Y̅-YMY̅=1-YMY̅

4 La elasticidad redistributiva de los votos puede ser definida como la variación porcentual en el número de votos(V) que provoca un cambio, también porcentual en la tasa redistributiva: VVrr



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